Angustia o ansiedad generalizada:
Sensación de malestar generalizado que conlleva
dificultades de concentración, palpitaciones, tartamudez o dificultades para hablar, para respirar,
temblores... el
niño siente que no puede controlar este estado y además hay una actuación deficiente en las actividades de la vida cotidiana.
Crisis de angustia:
Se trata de episodios, apariciones repentinas de angustia o ansiedad. No avisan, y pueden ocurrir tanto por el día como durante el sueño. Se vive con mucha intensidad y existe la percepción de un sentimiento de
miedo a la muerte. Se presenta acompañada de síntomas físicos: taquicardia, sensación de ahogo, respiración entrecortada o acelerada y sudores. Una vez que desaparece, normalmente al cabo de unos minutos, persiste el miedo a que se repita y la desconfianza por parte del niño y del adulto que no conoce estas crisis, a que se trate de un acceso causado por un problema físico grave. Cuando hablamos de crisis de angustia, su identificación resulta más fácil porque es algo puntual que tiene unas características muy concretas y su intensidad no pasa desapercibida.
Pero la
angustia generalizada hace que el niño se comporte de manera que muchos padres definen como "insoportable" porque se muestra muy reaccinario, incómodo en cualquier situación, nervioso, poco cariñoso... No se trata de un período transitorio sino de unos comportamientos que perduran en el tiempo. Es importante distinguir entre una disrupción del comportamiento y la angustia, porque el tratamiento varía.
No siempre es posible identificar el estresante, incluso la angustia que se manifiesta con crisis puede tener un componente endógeno, provocado por el propio cuerpo. El conocer el motivo que genera la angustia facilita mucho el trabajo y hace la
terapia más directa de su comienzo.