Está ampliamente extendida la idea del sufrimiento que produce en los
niños el hecho de que sus padres se separen. No vamos a negar la evidencia ya que vemos niños que lo pasan verdaderamente mal cuando sus padres deciden divorciarse. Sin embargo, desde la experiencia, podemos afirmar que los niños son un puro reflejo de lo que vivencian y expresan los padres.
La separación es dura para todos, padres e hijos, pero son los
adultos los que deben actuar de forma que los hijos obtengan el menor sufrimiento posible. Si los padres saben respetarse, hablarse, no discutir delante de los niños... todo es mucho más fácil. Por desgracia, hay muchos casos en los que esto no es así.
Hay padres que tienen mucho
miedo a que sus hijos sufran y antes de observar ningún
comportamiento extraño hacen la consulta. Esto nos parece adecuado porque podremos tener la oportunidad de informarles adecuadamente.
Otros, una vez separados, mantienen relaciones penosas con su expareja (lo que es un contrasentido también para ellos, ya que siguen sufriendo) y trasmiten ese malestar a sus hijos. La salud psicológica del niño está relacionada con los
conflictos que hay en casa, y tiene mucho menos que ver con el divorcio en sí mismo.
Aunque los niños sean flexibles, no cabe duda que
necesitan un período de adaptación al cambio. A ellos les gustaría ver a sus padres juntos, porque eso es lo que han aprendido, y hasta igual necesitan un poco de apoyo psicológico, pero no por mucho tiempo. Seguro que nadie duda de que un niño cuando realmente sufre es cuando ve las descalificaciones que sufre unos de sus padres por parte del otro, cuando para él son dos figuras modelo y las dos maravillosas.
Es muy importante que los padres aprendan a diferenciar ente sus propias emociones y las de los hijos, ya que se trata de un momento emocionalmente complicado en el que hay que evitar que los sentimientos y estados emocionales de los padres influyan en las decisiones que tienen que ver con los hijos.