Los trastornos por tics comienzan entre los 6 y los 10 años y suelen empezar por la cara, cuello, hombros, tronco y manos.
Tras la
adolescencia y en la vida adulta suelen reducirse, e incluso llegar a desaparecer.
Las causas que pueden crear tics son:
- Sentimientos de
ansiedad, estrés,
tensión...
- Sentimientos de ira o resentimientos.
- Excesivos celos.
- Déficit de atención con y sin
hiperactividad.
Los padres y educadores se tienen que fijar en:
- La duración de los tics.
- La intensidad.
- La localización.
- El número.
Los tics pueden ser de muchos
tipos:
- Tics motores simples: parpadeos, abrir la boca, muecas faciales, etc.
- Tics distónicos: desviaciones de la cabeza o de los ojos, elevar los hombros, etc.
- Tics motores complejos: hacer gestos obscenos, golpearse a uno mismo, olerse las manos, etc.
- Tics fónicos: silbar, resoplar, gruñir, etc.
- Tics sensoriales: sensaciones de vacío, frío, calor, ligereza, cosquilleo, etc.
- Tics cognitivos: conducta de contar (por ejemplo coches blancos), juego mental, etc.
Dependiendo del tipo de tic, los problemas derivados serán más graves o menos. Por ejemplo, no es lo mismo hacer gestos obscenos que elevar los hombros, puesto que socialmente no está igual visto. No en vano, en la infancia, elevar los hombros puede ser también motivo de burla, de imitación, y conllevar sentimientos negativos dentro del grupo. Esto nos indica que los tics influyen en la vida personal, social, escolar y familiar. Por ello, el
apoyo social y familiar es fundamental. Normalmente y cuando los
niños son pequeños, si los padres tratan los tics como algo pasajero y normal, tienden a desaparecer, mientras que si regañan al niño, los tics se incrementan e intensifican. Por todo ello, la actitud de tranquilidad que tenga la
familia será, en primera instancia, el aspecto básico para terminar con los tics.